Aquella ilusa mujer que sintió ser una princesa en ese
cuento con final feliz, hoy ya no está. El error de su principito, el haberla
dejado ir sin luchar para impedirlo le
hizo comprender que no todo es lo que parece, las cosas cambiaban aunque ella no estuviera
de acuerdo e intentara poner lo mejor de si. También entendió que depender de otra persona
la distanciaba, de a poco y sin quererlo, de aquellas personas que siempre quisieron lo mejor para ella. Por esas cosas
que aprendió, decidió cambiar y lo logró. Hoy ya no es esa mujer inocente e
indefensa que no puede vivir sin él, que se siente culpable por su partida…
Hoy, en su lugar hay una reina, quizás sin rey ni reino,
pero con una corona otorgada por su capacidad de haberse levantado, de haber tenido
confianza y paciencia en ella misma para encontrar una solución y verse feliz. Una
corona que no pesa, hecha de flores. Una corona que ella se ganó con la
voluntad de querer ser feliz, con aportar todos los días un granito de arena
para lograrlo…
En cuanto a su principito, con el correr del tiempo entendió
que se fue por cuenta propia, quizá influyó la presión del mundo que los
rodeaba, quién sabe qué pasaba por su mente. No lo culpa ni le guarda rencor,
al contrario desea con todo su corazón que dondequiera y con quienquiera que
esté sea feliz.
Ella, la princesa
enamorada, la que sacó provecho a una situación llena de angustia y de dolor,
HOY se siente bien consigo misma, es
feliz y no con otro hombre, sino con sus amigos y su familia, que todos los
días logran sacarle una sonrisa sincera.
HOY entiende que la felicidad tiene que encontrarla por sus propios medios,
que más allá de las razones para llorar y para estar triste que tenga, siempre tiene que buscar los mil motivos para sonreírle a la vida y ser feliz.

